Últimamente el amor representa un dilema para muchos, pues siempre hemos sido dos bandos: solteros cínicos o románticos empedernidos, donde te posiciones es el peso que cargas, pues no hay puntos medios, no hay zonas tibias.
Y yo, como amante de los clichés y de los caminos sin salida, escribo del tema que jamás lograremos descifrar pero que querámoslo o no, hace parte vital de la existencia: el amor.
Todos buscan un amor que recordar, uno que se adhiera a nuestros huesos y que pretenda ser lo que necesitamos para mantenernos a flote. Porque aceptémoslo, crecimos con la idea de un amor ardiente, capaz de vencer las barreras, las distancias y el tiempo, un amor de esos que solamente obtienen los protagonistas bien parecidos de cualquier serie juvenil.
¿Pero que pasaría sí en los planes del estúpido guionista de esta historia no esta destinado a aparecer el amor ferviente que tanto nos vendieron? ¿Somos tan valientes como para no exigir la presencia de un testigo amoroso que comparta y corrobore nuestra historia? ¿Qué pasa si el indicado no se presenta como tal?
He llegado a la conclusión de que vivimos con el miedo de encontrarnos de frente con nuestra soledad. Ella tan discreta y dominante deseando un espacio en nuestra agenda, solicitándonos una cita en una cama con sabanas frías, manteniéndose en silencio la mayoría del tiempo pero balbuceando lo que queremos evitar, sacando de bajo la cama los monstruos que atormentan nuestros sueños, aprisionándonos con sus manos y cerrando nuestra garganta hasta sentir escalofríos, No la juzgues, pues ella esta acompañándonos de la única manera que conoce y que nos encargamos de enseñarle, la única forma en la que puede hacernos sentir algo.
Estamos aterrados porque somos conscientes de que la soledad será eternamente nuestro único encuentro seguro.
Tal vez solamente debemos hacer las pases con nuestra compañera de almohada, enseñarle a convivir desde la plenitud y no desde el declive, abrazarla para que ella aprenda del calor humano, besarla para intentar ser uno solo, contarle lo que nos desgarra el alma para que aprenda a curar y cicatrizar lo que ella no rompió, regalarle más allá que solo el tiempo que nos sobra y escuchar, escucharla hasta el cansancio, escuchar hasta sus silencios para intentar acallar lo que en nuestros pensamientos revolotea.
Así y solo así, quizás no solo seamos ella y yo eternamente, porque cuando entiendes que hay compañías permanentes y sientes un amor sin egoísmos, puedes darte la oportunidad de apreciar las visitas de quien puede ser un amante fugaz
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